La investigación de los delitos no puede quedar al servicio de ningún poder interesado. En una democracia, la justicia pierde credibilidad cuando los ciudadanos sospechan que las instituciones aplican criterios distintos según quién esté bajo sospecha. Y esa desconfianza no nace únicamente de las sentencias: también surge de cómo se investigan los hechos, de quién dirige las actuaciones y de si todos reciben el mismo trato ante la ley. Podemos llenar los discursos de referencias al Estado de derecho, pero las palabras sirven de poco si la independencia institucional se convierte en una promesa que cada poder interpreta a su conveniencia. La justicia necesita algo más que autoridad: necesita demostrar que no tiene dueños.
autoridad judicial
ARTÍCULO 123 DE LA CONSTITUCIÓN
¿De qué sirve que exista una última instancia judicial si la confianza de los ciudadanos en las instituciones puede desgastarse mucho antes de llegar hasta ella? En España hablamos constantemente de independencia judicial, politización, nombramientos y enfrentamientos institucionales, pero pocas veces nos detenemos a pensar en lo esencial: la Justicia necesita algo más que leyes para ser respetada; necesita credibilidad. Cuando cada resolución se interpreta según quién gana o pierde políticamente, el Estado de Derecho empieza a parecer una competición de trincheras. Y ahí ningún ciudadano sale realmente vencedor.
ARTÍCULO 118 DE LA CONSTITUCIÓN
¿Qué clase de Estado de Derecho queda cuando una sentencia puede ser respetada mientras conviene y discutida cuando molesta? La democracia no consiste únicamente en votar cada cierto tiempo, ni la justicia en dictar resoluciones que después quedan a merced de intereses políticos, administrativos o particulares. Una sociedad puede acostumbrarse peligrosamente a que las reglas sean obligatorias para unos y negociables para otros. Y cuando esa costumbre se instala, la ley deja de ser una garantía común para convertirse en una cuestión de conveniencia. Ahí empieza el verdadero problema.