Resulta curioso comprobar cómo una sociedad que exige transparencia inmediata en redes sociales acepta con naturalidad que muchas decisiones políticas se negocien lejos del foco público y bajo dinámicas de partido cada vez más opacas. España vive instalada en la contradicción permanente: pedimos regeneración democrática mientras normalizamos maniobras parlamentarias que convierten las leyes en moneda de intercambio político. Y cuando el poder necesita rapidez, los controles incómodos suelen presentarse como obstáculos “innecesarios”. La cuestión nunca es solo qué se aprueba, sino quién vigila realmente el proceso mientras la ciudadanía permanece entretenida discutiendo titulares prefabricados.