¿Hasta qué punto una sociedad puede llamarse justa cuando delega la protección de los más vulnerables en promesas abstractas y discursos tranquilizadores? España presume de un modelo social avanzado mientras normaliza la precariedad, el miedo al futuro y la dependencia de ayudas que nunca terminan de ser suficientes. La contradicción es evidente: se habla de derechos sociales como conquistas irrenunciables, pero se gestionan como favores condicionados, sujetos a presupuestos, ciclos económicos y prioridades políticas cambiantes. En ese terreno ambiguo florece la autocomplacencia colectiva, esa idea cómoda de que “ya hacemos bastante” mientras millones de ciudadanos viven con la sensación de estar permanentemente al borde del abismo. La protección social se invoca en campañas, se cita en discursos y se aplaude en abstracto, pero rara vez se analiza con honestidad su alcance real, sus límites y, sobre todo, sus incumplimientos cotidianos.