¿De qué sirve exigir transparencia si quienes deben rendir cuentas dominan mejor el espectáculo que la explicación? Vivimos rodeados de comparecencias, ruedas de prensa y sesiones parlamentarias que a menudo generan más titulares que respuestas. La política contemporánea parece obsesionada con estar presente, pero no necesariamente con aclarar nada. Entre la puesta en escena y el control democrático existe una distancia incómoda que rara vez se analiza con la profundidad que merece. Y, sin embargo, una democracia sana depende precisamente de que quienes gobiernan puedan ser llamados a dar explicaciones cuando corresponde.