La corrupción rara vez aparece donde se la busca, pero suele estar donde nadie quiere mirar. Cuando se habla de corrupción, la imagen más habitual es la de un político aceptando sobornos, un empresario obteniendo contratos irregulares o un cargo público abusando de su posición. Los medios suelen presentar estos casos como episodios aislados protagonizados por individuos concretos, reforzando la idea de que el problema reside en unas pocas personas deshonestas dentro de un sistema esencialmente sano. Sin embargo, esta visión puede resultar insuficiente para comprender la verdadera dimensión del fenómeno.
La corrupción no siempre funciona como una anomalía que irrumpe de manera excepcional en las instituciones. En determinados contextos, puede convertirse en una dinámica integrada en el propio funcionamiento de las estructuras políticas, administrativas y económicas. Cuando las reglas formales conviven con incentivos que favorecen prácticas opacas, cuando los mecanismos de control pierden eficacia y cuando determinadas conductas dejan de generar sorpresa, surge una cuestión incómoda pero necesaria: ¿estamos ante una sucesión de accidentes o ante un problema que forma parte del diseño mismo del sistema?