La libertad personal es uno de esos conceptos que todos defendemos con pasión… hasta que llega el momento incómodo de aplicarla. El Artículo 17 de la Constitución proclama que nadie puede ser detenido sin justificación, que todos tenemos derecho a saber por qué se nos arresta y que la autoridad debe rendir cuentas.
Sobre el papel, impecable. En la práctica, vivimos en un país donde la seguridad se invoca como comodín y donde la frontera entre proteger al ciudadano y controlarlo se vuelve borrosa según sople el viento político. La paradoja es evidente: exigimos libertad, pero a menudo renunciamos a ella por miedo, pereza o por esa fe ciega en que “el Estado sabe lo que hace”. Hoy toca poner la lupa sobre un artículo que debería protegernos del abuso… y preguntarnos si realmente lo hace.