¿Qué dice de una sociedad que normaliza que generaciones enteras no puedan aspirar a un techo propio? Mientras se repiten discursos sobre crecimiento, estabilidad y modernidad, la realidad cotidiana se encarece a un ritmo incompatible con la vida digna. La vivienda se ha convertido en mercancía, en activo financiero, en objeto de especulación desinhibida, y no en el espacio básico desde el que se construye un proyecto vital. Se aplauden cifras macroeconómicas mientras se ignora la angustia micro: jóvenes atrapados en alquileres abusivos, familias expulsadas de sus barrios, salarios que no alcanzan. España presume de derechos, pero convive con una resignación peligrosa: aceptar como inevitable lo que debería escandalizar. Cuando el acceso a la vivienda deja de ser una prioridad moral y política, algo profundo se quiebra en el contrato social.