ARTÍCULO 103 DE LA CONSTITUCIÓN

CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA

¿Cuántas veces hemos escuchado que las instituciones están al servicio de los ciudadanos mientras la realidad parece demostrar exactamente lo contrario? En una época donde la burocracia crece, los procedimientos se multiplican y la distancia entre gobernantes y gobernados parece ensancharse, resulta legítimo preguntarse si el aparato público existe para resolver problemas o para perpetuarse a sí mismo. La confianza en las administraciones no se pierde de golpe; se erosiona lentamente cuando las promesas de eficacia chocan con la experiencia cotidiana de quienes esperan respuestas que nunca llegan.

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ARTÍCULO 24 DE LA CONSTITUCIÓN

CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA

La justicia, dicen, es ciega. En España, en cambio, parece que a veces se quita la venda para mirar de reojo quién entra por la puerta. El Artículo 24 de nuestra Constitución es uno de esos textos solemnes que prometen garantías, derechos y un trato justo para todos. Sin embargo, basta asomarse a la realidad diaria para sentir que las promesas constitucionales funcionan como los folletos turísticos: bonitas para enseñar, difíciles de reconocer cuando uno pisa el terreno. Hoy analizo este artículo con la convicción de que la justicia no solo debe ser justa, sino también parecerlo. Y, sobre todo, con la sospecha creciente de que el ciudadano medio se conforma con creer que tiene derechos sin comprobar si en la práctica le sirven de algo. Ser libre es, también, no comulgar con ruedas de molino.

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ARTÍCULO 23 DE LA CONSTITUCIÓN

CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA

Hay artículos de la Constitución que parecen escritos para lucir en un escaparate democrático, como esas prendas caras que todos miran pero nadie piensa comprarse. El Artículo 23 es, quizá, el mejor ejemplo: un recordatorio solemne de que todos los ciudadanos tenemos derecho a participar en los asuntos públicos. Suena bien. Suena moderno. Suena democrático.

Pero en una España donde la participación política se reduce, en la práctica, a votar cada cuatro años y soportar las guerras internas de partidos convertidos en máquinas de supervivencia, uno no puede evitar preguntarse si este derecho no se ha quedado en un eslogan más. Porque, mientras nos distraen con discursos sobre “fortalecer la democracia”, la realidad es que el ciudadano medio está más lejos que nunca de influir en nada. Y aun así, seguimos repitiendo que somos “soberanos”. Qué curioso.

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