Resulta curioso que vivamos en una época donde se exige transparencia a todo el mundo excepto, muchas veces, a quienes gestionan el poder. Se nos pide confianza en las instituciones mientras proliferan las sospechas, los procedimientos opacos y la sensación de que demasiadas decisiones importantes se toman lejos de la mirada de los ciudadanos. La democracia no se debilita cuando la sociedad pregunta; se debilita cuando el poder considera incómodas esas preguntas. Porque una administración que teme ser observada termina pareciéndose más a una estructura de protección propia que a un verdadero servicio público.