La comodidad como ideología invisible. Nos gusta pensar que somos seres racionales, buscadores de la verdad, gladiadores de la lógica en un mundo lleno de ruido. Pero seamos honestos: la mayoría de las veces no buscamos la verdad, buscamos paz mental. Lo que queremos es sentir que tenemos razón, aunque esa razón se apoye en un castillo de naipes. La pereza intelectual funciona como una religión no declarada: no necesita templos ni dogmas escritos, basta con la devoción silenciosa de millones de fieles que prefieren la tranquilidad de no cuestionarse nada.
La doctrina del sofá. La incomodidad duele más que la mentira. Pensar exige esfuerzo, contrastar datos genera ansiedad, reconocer la ignorancia hiere el ego. Así que hemos construido un sistema perfecto para evitarlo: nos rodeamos de opiniones idénticas a la nuestra, consumimos información filtrada para reforzar lo que ya creíamos, y cuando alguien nos incomoda, lo bloqueamos. Es el equivalente mental a taparse con una manta en el sofá: cálido, acogedor, y absolutamente improductivo. La verdad queda relegada a un rincón polvoriento, mientras nosotros nos aplaudimos por tener “criterio propio”.