En España, a los 18 años se nos concede el privilegio de la “mayoría de edad”. Es el instante solemne en el que, según el papel, uno pasa de ser un menor tutelado a un ciudadano libre y responsable. Pero, ¿de verdad ocurre eso? ¿Acaso el simple cambio de cifra convierte al joven en adulto moral, económico o político? La Constitución fijó un número, pero la realidad lo ha convertido en un formalismo vacío.
Hoy tenemos una juventud hiperprotegida, endeudada, infantilizada y sin horizonte claro. Se les exige madurez para votar, pero se les niega la posibilidad de emanciparse. Un país que eterniza la adolescencia no forma ciudadanos libres, sino súbditos dóciles. Y quizá ahí esté la verdadera intención de ese artículo tan breve como revelador.