Vivimos en una época en la que el paternalismo ya no es exclusivo de los padres, ni siquiera del viejo Estado benefactor. Hoy se reparte entre gobiernos hiperreguladores, corporaciones que deciden lo que “es mejor” para el cliente y tribus sociales que patrullan el lenguaje y la conducta. Todos dicen protegernos, cuidarnos, liberarnos de riesgos. Pero esa sobreprotección tiene un precio: la pérdida gradual de nuestra responsabilidad adulta. Cuanto más nos tratan como niños, más difícil resulta ejercer de ciudadanos libres.
El resultado es un paisaje donde se nos dan normas para comer, advertencias para pensar y guías para hablar. La autonomía personal —que debería ser el núcleo de la vida adulta— se reduce a una ilusión supervisada. Y aquí surge la paradoja: en nombre de nuestro bienestar, nos incapacitan. Como si fuéramos menores de edad perpetuos, se nos arrebata la posibilidad de equivocarnos, aprender y crecer. La pregunta es inevitable: ¿queremos seguir siendo tutelados o recuperar el derecho —y el deber— de decidir por nosotros mismos?