España, país de autonomías, disputas y símbolos, tiene su corazón político en un lugar tan concreto como simbólico: Madrid. El Artículo 5 de la Constitución podría parecer una simple formalidad administrativa, un detalle logístico sobre la sede de las instituciones. Pero nada en política es inocente. Detrás de cada palabra hay una carga histórica y un equilibrio precario.
Madrid fue elegida como capital por razones prácticas, pero también como mensaje: la unidad debía tener una dirección postal. Hoy, en una España donde se cuestionan identidades, territorios y lealtades, conviene preguntarse si esa “capital” sigue siendo un punto de encuentro o más bien el epicentro de un poder desconectado de los márgenes. Lo simbólico importa, y la geografía política de España sigue trazada con la tinta invisible de la centralización.