Hablar hoy de libertad de expresión se ha convertido en un ejercicio delicado. No porque el concepto sea nuevo o ambiguo, sino porque parece haberse transformado en un terreno minado donde cada palabra exige una justificación previa. En nombre de la convivencia, de la sensibilidad colectiva o de una supuesta protección frente al daño, el debate público ha ido desplazándose desde la defensa de un derecho fundamental hacia la vigilancia permanente del discurso. Y, curiosamente, cuanto más se invoca la libertad, más condicionada parece estar.
En este contexto emerge con fuerza la noción de discurso de odio, un término que ha pasado del ámbito jurídico a la conversación cotidiana con una facilidad inquietante. Lo que nació como una herramienta para frenar conductas claramente lesivas convive hoy con interpretaciones amplias, difusas y, en ocasiones, interesadas. Comprender dónde termina la expresión legítima y dónde comienza la infracción legal no es solo una cuestión técnica, sino un debate profundo sobre los límites del poder, la responsabilidad individual y la madurez democrática de una sociedad que dice valorar la pluralidad, pero tolera cada vez peor la disidencia.